Lección 5
Origen e historia de las Iglesias reformadas en Europa
   
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2. La historia de la Iglesia reformada en Francia después de 1598

Enrique IV
(1551 – 1610)

En el año 1598 (para el tiempo anterior de esta fecha, vs. lección 3), el rey francés Enrique IV proclamó el Edicto de Nantes. Este decreto de tolerancia fundamentó una época de relativa paz para los reformados franceses. Enrique IV, que para ascender al trono había tenido que renunciar a su confesión reformada, de cierto modo puede ser considerado un protector de los reformados. Con el Edicto de Nantes fue quebrantado por primera vez el principio del “cuius regio eius religio” (el soberano de un territorio determina la religión de sus súbditos). Por primera vez, otra confesión aparte de la católicorromana recibió el derecho de existencia; Francia se había convertido en un Estado multiconfesional.

 

Del “Edicto de Nantes” de 1598

18. También prohibimos a todos nuestros súbditos .... secuestrar a los niños de la aludida religión por medio de la violencia y la seducción y en contra de la voluntad de sus padres, para hacerlos bautizar o confirmar en la Iglesia católica apostólica romana ....

19. Los de la mencionada, presuntamente reformada religión no deben ser obligados a nada. Tampoco estarán comprometidos por haber abjurado, o por promesas o juramentos que hayan podido hacer con anterioridad. No deben ser molestados o castigados por eso de ninguna manera.

21. Los libros que se refieren a la mencionada, presuntamente reformada religión sólo pueden ser impresos y vendidos públicamente en aquéllos lugares y ciudades, donde el ejercicio público de la aludida religión está permitido.

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Hay que decir, sin embargo, que las dos confesiones no tenían los mismos derechos. Fue más bien así que los reformados recibieron diversas autorizaciones: en muchos lugares podían celebrar el culto; podían construir iglesias, colegios e incluso academias (por ejemplo en Montauban, Sedan y Saumur). Tampoco tuvieron que entregar inmediatamente sus antiguas guarniciones, sino que pudieron mantenerlas por algunos años más. En la primera mitad del siglo XVII había alrededor de 850.000 reformados en Francia, aproximadamente un cuatro por ciento de la población total. Las nuevas comunidades reformadas se concentraban en la Normandía, en los alrededores de La Rochelle en la costa atlántica, en el departamento de Languedoc y en las montañas Cevennes en el sur del país. La nobleza estuvo representada por sobre el promedio: un motivo para la tolerancia estatal que no debe ser subestimado.
A estas concesiones del Estado se oponía la desconfianza de muchos franceses frente a la nueva religión, que repetidamente se tradujo en agresiones y persecuciones. Además existían grandes grupos dentro del gobierno francés que rechazaban la política de Enrique IV; y después de su asesinato en 1610, el ambiente cambió a desfavor de los reformados. Luis XIII, sucesor de Enrique IV, quien debido a su corta edad asumió el poder recién en 1617, trabajó por apaciguar la situación política en Francia, pero jamás dejó duda acerca de su interés en eliminar la confesión reformada. Su ministro Richelieu se encargó en 1629 de reconfirmar las libertades religiosas del Edicto de Nantes, esto, sin embargo, ya ante el telón de fondo de un aumento de las persecuciones aisladas. Después de la muerte de Luis XIII, ascendió al trono francés el “Rey Sol” Luis XIV. Por ser menor de edad, gobernó recién a partir de 1661. Ya desde 1659 la política religiosa sufrió un marcado cambio. Primero se prohibieron los sínodos generales. Lo que siguió, fueron hostigamientos: supervisión de los cultos, limitación de la autoridad de los padres para decidir la religión de sus hijos, privilegios para quienes se convertían al catolicismo, restricciones para los reformados en las profesiones que podían ejercer. Aumentaron los ataques violentos contra familias reformadas, que el poder estatal muchas veces ignoraba o toleraba.
Finalmente, en el año 1685, se proclamó el Edicto de Fontainebleau que abolió el Edicto de Nantes. Con él, los reformados franceses perdieron todas las concesiones anteriores. Todos los niños tenían que participar en la catequesis católicorromana; las iglesias reformadas fueron destruidas, los pastores expulsados. A los fieles, sin embargo, les estaba prohibido emigrar, también por intereses económicos del Estado. Si lo intentaban igual, arriesgaban el castigo de las galeras.

Del “Edicto de Fontainebleau” de 1685

2. Prohibimos a nuestros mencionados súbditos de la presuntamente reformada religión reunirse en el futuro para celebrar el culto según la aludida religión, incluso si fuera en una casa particular y bajo cualquier pretexto.

3. A todos los predicadores de la aludida, presuntamente reformada religión que no quieran convertirse a la religión católica, apostólica y romana, ordenamos dejar nuestro reino y los países de nuestro señorío dentro de quince días después de la publicación del presente edicto ... bajo amenaza de pena de galeras.

9. Prohibimos explícitamente a todos nuestros súbditos de la aludida presuntamente reformada religión, a ellos, sus esposas e hijos, emigrar de nuestro reino o de los países y territorios de nuestro señorío, o sacar sus bienes y propiedades de ellos, bajo amenaza de pena de galeras para los hombres y la detención y confiscación de sus bienes para las mujeres.

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Los decretos de Luis XIV tuvieron consecuencias fatales para los reformados en Francia. Se produjeron numerosas conversiones, incluso entre los pastores, muchas de ellas, sin embargo, sólo fingidas. Otros reformados se opusieron, en parte también con las armas. Más de 1.500 reformados fueron condenados a las galeras. Después de 1685 hubo una fuga masiva de hugonotes reformados: Unas 200.000 personas emigraron clandestinamente, sobre todo a Suiza, a los Países Bajos, a Inglaterra y a distintos Estados alemanes (sobre todo a Brandeburgo; vs. también lección 4).


Persecución de los Hugonotes

La Iglesia reformada en Francia quedó debilitada, pero no destruida. En los primeros años después de 1685, siguió viviendo en la clandestinidad como la llamada “Iglesia en el desierto”. Sobre todo en las Cevennes, los hugonotes se reunían para celebrar el culto. La esperanza que el Edicto de Fontainebleau pudiese ser suspendido no se cumplió, lo que en el sur de Francia llevó a un gran levantamiento entre 1702 y 1704, conocido como la Guerra de los Camisardos (o de las Cevennes). Fue evidente que el Estado francés no había logrado su objetivo de exterminar a los protestantes.
En la primera mitad del siglo XVIII, las persecuciones ya no fueron tan sistemáticas o generalizadas. Fases de relativa calma alternaron con persecución y represión. En las ciudades, escasamente había reformados, pero en el campo las congregaciones seguían existiendo, muchas veces celebrando sus cultos en los castillos de los nobles reformados. A partir de 1750 se inició un proceso de reorganización de la Iglesia reformada; se realizaron sínodos. En 1787 finalmente, unos cien años después de la suspensión del Edicto de Nantes, los reformados recibieron los derechos ciudadanos.
Hasta la Revolución Francesa de 1789, la Iglesia reformada en Francia había aumentado a un millón de miembros. La Revolución Francesa estableció la libertad de cultos en su constitución, pero su radicalización significó la represión de la Iglesia reformada a partir de 1793. Fue un período muy corto, pero debilitó mucho a la Iglesia reformada. De los 205 pastores anteriores a 1789, en 1794 (cuando comenzó la reconstrucción de la Iglesia reformada) sólo quedaban 120.
La situación cambió con el inicio del imperio de Napoleón I en 1799. Napoleón admitió el derecho de existencia de los protestantes, pero al mismo tiempo rechazó la autonomía de la Iglesia. No autorizó los sínodos nacionales. El Estado francés subdividió la Iglesia reformada en distritos de 80 Iglesias consistoriales con 6.000 miembros cada una. La consecuencia fue que muchas congregaciones antes independientes fueron integradas en unidades mayores, porque como parroquias ya no tenían personalidad jurídica. Los pastores recibían su sueldo del Estado; las conversiones estaban prohibidas: el Estado reglamentaba la vida eclesiástica. A partir de 1817 surgió una corriente contraria a la fuerte influencia estatal, el movimiento de avivamiento (“reveil” en francés) que motivó la fundación de nuevas congregaciones. Después de 1848, fueron sobre todo asociaciones independientes de la Iglesia o Iglesias libres que se apropiaron de este movimiento de avivamiento o evangelización. Una integración de las nuevas congregaciones a la Iglesia reformada francesa sólo resultó en pocos casos.
La falta de un sínodo nacional contribuyó en el siglo XIX a que diferentes corrientes dentro de la Iglesia evangélica se independizasen. Hubo voces que pedían la unión, y en 1872 se llamó al primer sínodo nacional francés posterior a 1559. Este, sin embargo, no produjo un acuerdo, sino la división oficial de la Iglesia evangélica: La Iglesia reformada evangélica, más bien ortodoxa, (“église reformée évangélique”) y la Iglesia reformada, liberal, (“église réformée”) proclamaron su existencia paralela con sínodos independientes.
En 1905 se funda la Federación de las Iglesias Protestantes de Francia (“Fédération Protestante de France”), a la cual pertenecen todas las Iglesias reformadas del país. El acercamiento de las distintas Iglesias reformadas lleva en 1938 a la unión y refundación de la Iglesia reformada francesa.
En esta Iglesia reformada, hoy en día participan unos 180.000 miembros en 350 congregaciones. Además, existe la Iglesia reformada de Alsacia y Lorena con 33.000 miembros en 52 congregaciones. Debido a que Alsacia y Lorena fueron integradas a Francia mucho más tarde, la Iglesia reformada allí se desarrolló de manera algo distinta, con una Iglesia evangélica luterana más fuerte que coopera estrechamente con la Iglesia reformada de Alsacia y Lorena.